Pocas actividades más habituales en la vida del ser humano hay que el acto de buscar, ya séa una calle en el plano de una ciudad que visitas, el trabajo ideal con el que siempre se soñó o ese motivo por el que levantarse todos los días con optimismo.
Cada uno lo hacemos de manera cotidiana, pero todos de maneras a veces muy diferentes entre sí. Algunos por rutina y apenas sin darse cuenta al hacerlo. No le damos un valor intrínseco al mero acto de buscar. Yo siempre he pensado que lo tiene, y mucho. Cuando lo hacemos, nuestros sentidos se organizan para conseguirlo, a veces ni siquiera sabemos que es lo que estamos buscando, pero ellos saben que cualquier detalle, que se vea u oiga puede ser importante para encontrar.
Además, nuestra mente ha de estar muy atenta, ya que a veces lo que buscamos se puede confundir con otras cosas, pasándonos desapercibidas, al no saber de antemano exactamente qué será o cómo se manifestará.
Cuando visito un lugar en el que se amontonan libros, muebles, objetos antiguos en general, todos mezclados en un batiburrillo de cosas atractivas, esa sensación que produce la magia de buscar «tesoros» se acrecienta. Pocos momentos, en el oficio de librero, que aquel en el que nos permiten acceder a una vieja biblioteca, a un espacio sagrado de cultura, con muchos años en sus estanterías y paredes, donde buscar, en este caso, para mis clientes, los más preciosos tesoros literarios y de coleccionismo.
Quería, con este corto texto, expresar y compartir con ustedes, la alegría que cada vez que me encuentro en esa situación siento. Acercársela a ustedes y hacerles participes de ella, ya que cuando reciben en sus casas los libros que me compran, dentro del paquete va también una porción de esa emoción, que nunca pierdo y que me hace seguir…



Cicerón, Pensamientos de Cicerón, ó Discursos filosófico-morales, ed. Benito Cano, Madrid, 1788.